
Construyendo una Esperanza
El 15 de junio de 1853 se firmó el contrato de colonización entre el gobierno de Santa Fe, a cargo por ese entonces de Domingo Crespo, con el empresario Aarón Castellanos. En el mismo se establecía y autorizaba al Sr. Castellanos a introducir en territorio santafesino, 1000 familias procedentes de Europa, que fueran honestas y laboriosas.
En virtud de lo convenido, la Colonia de Esperanza comenzó a levantarse en septiembre de 1855, con la demarcación y división de las tierras para albergar a los futuros pobladores.
Entre fines de enero y comienzo de junio de 1865 llegaron las 200 familias colonizadoras, de distintas procedencias: suizas, alemanas, francesas, belgas, luxemburguesas, dando origen a la primera Colonia Agrícola organizada del país.
Se ubicaron en dos secciones. En la del este se estableció a quienes en su mayoría hablaban francés y eran católicos. En la del oeste a los que en su mayoría hablaban alemán y eran protestantes. Les proporcionaron útiles de labranza, una parcela de tierra, 7 vacas, dos bueyes, dos caballos, un toro para la cría y semillas para los primeros tiempos de siembra y de sustento.
Luego vendrían también los primeros italianos y con el correr de los años, españoles, polacos, rusos blancos, checos, judíos, trabajadores del ferrocarril, algunos árabes, sirios-libaneses, dando lugar a este mosaico cultural que es Esperanza, donde a pesar de que nadie se entendiera con el otro, aquí se unieron bajo el idioma riquísimo de Cervantes, las costumbres y usos de la joven Argentina, que recibió sin pedir más, que sean honestos con ella y que mientras así lo fueran todos tendrían el cansancio del trabajo por las noches, la dignidad y la felicidad de la comida familiar ganada con el trabajo, en una República con igualdad de oportunidades.
Con esfuerzo y perseverancia a través del tiempo lograron concretar en realidad esa ilusión que albergaban cuando partieron de Europa.
Nunca un nombre estuvo tan bien puesto: Esperanza. Debía llamarse así, no podía tener otro nombre, porque para afincarse en estas tierras aún casi vacías, era venir a hacer realidad quizás lo último que les quedaba, y lo último que se pierde, La Esperanza. Entre el abismo y la esperanza, triunfo finalmente esta última, que le dio el nombre luego a la ciudad, en una simbiosis maravillosa de un sueño o anhelo que al verse paulatinamente cumplido finalmente le puso nombre de ese sueño a lo concreto, a lo tangible.
Esperanza ya no es una colonia, sino una cuidad industrializada, que va creciendo día a día y con ello acrecentando los problemas ambientales. Todos los días surge una nueva discordia entre vecinos y las industrias, tanto por los olores que se originan, los incendios de cavas, la contaminación de las cuencas así también por los desechos que las mismas producen.
Nosotros, ciudadanos no podemos decir que estamos exentos de todo esto, es por ello que debemos tomar conciencia de nuestros actos, que por mas pequeños que sean pueden causar un gran impacto a nuestro medio ambiente.
Si queremos un cambio, empecemos por nosotros mismos.
Los integrantes encargados de recopilar la información y transformarla en la reseña expuesta fueron: Carolina Bernardi, Melisa Blainq, Maximiliano Gillig y Hernán Maier todos integrantes de 6to “A” de Química.
Muy pronto estaremos subiendo los trabajos que los demás alumnos han realizado.
Esperamos sus comentarios! Saludos
